Crisis en las relaciones de pareja

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DISOLUCIÓN DE LOS LAZOS MATRIMONIALES

“La mayoría de las parejas saben que hay una continua crisis en el matrimonio; que entre el 40 y el 55% de los matrimonios tienen probabilidades de terminar en un divorcio. A medida que se ven cada vez más matrimonios desdichados y más rupturas, las parejas se preguntan si eso podría ocurrirles también a ellas.

Los recién casados, en la cúspide del amor y el romance, no desean otra cosa, sino un matrimonio feliz. Creen a menudo -por lo menos en los inicios- que su relación es “diferente” y que su profundo amor y optimismo la sostendrá. Tarde o temprano, los problemas y conflictos que se acumulan en forma paulatina toman desprevenidas a muchas parejas. Estas, se vuelven conscientes de los malestares, frustraciones y daños que se producen, sin saber a menudo, en dónde radica el problema.

A medida que la relación zozobra en una corriente reactiva de desilusiones, comunicación pobre y malentendidos, es posible que la pareja llegue a pensar que su matrimonio ha sido un error. Incluso, hay parejas, casadas durante 30 o 40 años, que se ven impulsadas a terminar con el vínculo, pues lo consideran ahora como una serie interminable de errores y desgracias.

Sorprende en cierta manera que tantos matrimonios fracasen. Consideremos las fuerzas que deberían mantener unida a una pareja. Amar y ser amado están, por cierto, entre las experiencias más ricas que pueden tener las personas. Agreguemos a éstas, los otros productos colaterales de la relación: intimidad, compañerismo, aceptación, apoyo, por mencionar sólo unos pocos. Tenemos a alguien que nos consuela cuando estamos afligidos, que nos alienta cuando estamos desanimados y que comparte nuestras emociones cuando ocurren cosas buenas. Y está, por añadidura, la gratificación sexual que proporciona la naturaleza como aliciente especial para la pareja.

Las esperanzas y el aliento de parte de los padres y otros parientes, así como las expectativas de la comunidad en cuanto a la estabilidad de la pareja, generan presiones desde afuera. Con todas esas fuerzas unidas actuando para reforzar la relación, ¿Qué puede andar mal? Dejemos del lado los otros incentivos, ¿Por qué no es bastante fuerte el amor para mantener unidas a las parejas?

Es lamentable que actúen fuerzas centrífugas que tienden a herir la relación: desilusiones desmoralizadoras, malentendidos laberínticos y torturantes, comunicaciones malogradas. Pocas veces es bastante tenaz el amor para resistir a esas fuerzas divisorias y sus derivados: el resentimiento y la rabia. Se necesitan otros ingredientes en una buena relación para que el amor se fortifique en lugar de disolverse.

La representación idealizada del matrimonio que ofrecen los medios de comunicación no prepara a las parejas para hacer frente a las decepciones, frustraciones y fricciones. A medida que los malentendidos y conflictos se combinan para encender el enojo y el resentimiento, la persona que antes había sido amante, aliado y compañero, es visto ahora, como antagonista.

LO QUE SE NECESITA PARA SOSTENER UNA RELACIÓN

Aunque el amor es un incentivo poderoso para que esposos y esposas se ayuden y apoyen, se hagan felices el uno al otro y creen una familia, no constituye en sí mismo la esencia de la relación, pues no provee las cualidades y aptitudes personales que son , decisivas para sustentarla y hacerla crecer. Hay cualidades especiales como compromiso, sensibilidad, generosidad, consideración, lealtad, responsabilidad, confiabilidad, que son determinantes para una relación feliz. Los cónyuges deben cooperar, transigir y proceder con decisiones solidarias. Deben saber adaptarse, reconocer errores y perdonar. Tienen que ser tolerantes con los defectos, errores y rasgos particulares del otro. Si se cultivan esas “virtudes” durante cierto periodo, el matrimonio se desarrolla y madura.

Las parejas suelen tener capacidad para tratar con gente que está fuera de su relación, pero pocas personas contraen una relación íntima con la comprensión básica, o la técnica necesaria, que la haga florecer. A menudo carecen de la habilidad que les permita tomar decisiones conjuntas o descifrar los mensajes del cónyuge. Cuando un grifo en la casa empieza a gotear, tienen las herramientas para detener la pérdida, pero cuando el amor empieza a drenar, no se les ocurre cómo restañar su flujo.

Un matrimonio o una pareja que convive difiere de otras relaciones. Cuando una pareja, sea del mismo sexo o de sexos opuestos, está comprometida en una relación duradera, cada uno de sus integrantes desarrolla ciertas expectativas con respecto al otro. La intensidad de la relación alimenta ciertos anhelos, largo tiempo latentes, de amor, lealtad y apoyo incondicionales. Y las parejas se comprometen, ya sea en forma expresa, como en los votos del matrimonio, ya sea en forma indirecta, mediante sus actos, a satisfacer esas necesidades profundamente arraigadas. Todo lo que haga el cónyuge, está dotado de significados que derivan de esos deseos y expectativas.

Debido a la fuerza de los sentimientos y las esperanzas, la profunda dependencia y los significados simbólicos decisivos, a veces arbitrarios, que atribuyen a los actos mutuos, los cónyuges son propensos a interpretarlos mal. Cuando ocurren los conflictos, a menudo por una mala comunicación, los cónyuges parecen estar más dispuestos a acusarse mutuamente que a pensar en el conflicto como en un problema que puede solucionarse. A medida que surgen las dificultades y proliferan las hostilidades y los malentendidos, los cónyuges pierden de vista aquellos aspectos positivos que su pareja les aporta y representa, es decir, alguien que los apoya, que realza sus experiencias, que comparte la construcción de una familia. En última instancia, llegan a dudar de la propia relación y pierden así la oportunidad de desenredar los nudos que deforman el mutuo entendimiento”.

Beck, A.. (1988). Con el amor no basta. Nueva York: Ediciones Paidós Ibérica, S.A.

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