Trastorno Obsesivo-Compulsivo

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Desde de la perspectiva de un observador no experto, resulta absurdo que aquello que surge de una necesidad racional de control se vuelva totalmente irracional. Por ejemplo, es sano procurar no ensuciarse o lavarse después de haberse ensuciado, pero insano lavarse durante horas ante la duda de si se ha tocado algo sucio y, tras haberse lavado a consciencia, seguir dudando de si es suficiente y ser impulsado a lavarse de nuevo. O bien, sin duda es sano antes de acostarse revisar que las puertas, los grifos y el gas estén cerrados, pero es decididamente absurdo despertarse varias veces por la noche y volver a revisarlo todo. Puede ser sano elaborar una fantasía positiva respecto a una prueba que hay que superar, pero resulta insano estructurar un ritual de pensamiento propiciatorio que no puede evitarse antes de enfrentarse a cualquier prueba.

Como puede verse, la lógica del trastorno obsesivo-compulsivo se basa en el hecho de que lo que es correcto y sano se convierte, a través de una repetición exasperada, en una auténtica tiranía de lo absurdo, que básicamente se sostiene de la necesidad de estar seguros respecto a la propia realidad: “Me he lavado tan bien, que no puedo tener gérmenes o bacterias en mis manos”, “He rezado tan bien, que no puede pasarme nada en la vida”, “Lo tengo todo tan bien controlado, que no podrá sucederme nada peligroso”. De lo lógico se llega, por exceso, a lo ilógico. El filósofo del siglo XVIII Georg Lichtenberg escribía: “La mente del hombre es tan dúctil y corruptible, que podemos enloquecer a través de la razón”. Es lo que ocurre justamente en el caso del trastorno obsesivo-compulsivo. Lo confirma también la moderna neuropsicología al revelarnos cómo se modela el cerebro adaptándose a las experiencias repetidas: paradójicamente, es en virtud de la flexibilidad y de la adaptabilidad mental que, al repetir una acción o un pensamiento un número determinado de veces, no sólo los volvemos razonables, sino que hacemos que se conviertan en una compulsión irrefrenable. También en este tipo de patología, como en la mayoría de los trastornos psicológicos, lo que marca la diferencia es el nivel cuantitativo: al superar un cierto umbral, se transforma en salto cuantitativo. Por debajo de este umbral, donde la funcionalidad se transforma en disfuncionalidad, esas modalidades de gestión de la realidad son sanas y adaptativas. Ser atentos y meticulosos en el desarrollo de un trabajo, es un valor que hace a las personas disciplinadas y fiables; tener que revisar algo que ya ha sido revisado varias veces, porque no se está seguro de haberlo realizado correctamente, se convierte en un problema. Desarrollar una compulsión irrefrenable a revisar de nuevo, varias veces, lo que ya ha sido revisado, se convierte en una patología. Sin embargo, las posibilidades de desarrollar un trastorno obsesivo-compulsivo no se basan sólo en el miedo, como podría parecer, puesto que existen también compulsiones igualmente patológicas basadas en el placer, por ejemplo, la compulsión a arrancarse los cabellos y pelos del cuerpo hasta quedarse totalmente lampiño, o las compras compulsivas, o la compulsión patológica al juego o al hurto.

Si analizamos la cárcel mental que representa el trastorno obsesivo-compulsivo, podemos observar que precisamente el intento de buscar seguridad frente a un miedo o a la tendencia irrefrenable a buscar sensaciones, se estructuran rígidamente en una patología.

Bibliografía:    Nardone, G., Portelli, C.. (2015). Obsesiones, compulsiones, manías. Barcelona: Herder Editorial S. L..

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